
Los grandes dilemas de la humanidad parecen repetirse de forma cíclica a lo largo de los siglos. En las palabras de algunas de las mentes más brillantes de la historia encontramos advertencias que encajan a la perfección con los problemas del presente. Abu l-Walid Muhammad ibn Rushd, conocido en Occidente como Averroes, fue un filósofo, médico y maestro del derecho musulmán que vivió en la Córdoba del siglo XII. En una época de tensiones culturales entre cristianos y musulmanes en la Península Ibérica, este pensador andalusí formuló una de las reflexiones lúcidas de la historia: “La ignorancia lleva al miedo. El miedo lleva al odio. Y el odio, a la violencia”.
El pensador cordobés defendía que la razón y el conocimiento eran las únicas herramientas capaces de elevar el espíritu humano y permitir la convivencia pacífica entre diferentes creencias y culturas. Para Averroes, el desconocimiento no era un estado inofensivo, sino que veía eh él el germen invisible de todos los conflictos sociales. La falta de educación y de espíritu crítico cegaba a las sociedades de su tiempo, volviéndolas vulnerables a las manipulaciones de quienes utilizaban la fe o la política para fracturar la comunidad.
Trasladando este pensamiento a la actualidad, la tesis del filósofo andalusí describe con una precisión casi quirúrgica el funcionamiento de las dinámicas sociales actuales. Vivimos en la llamada era de la información, pero también en la de la desinformación masiva, los bulos y los algoritmos diseñados para atrapar la atención a través de las emociones más primarias. Cuando no conocemos a fondo una realidad, un colectivo o una cultura diferente, nos convertimos en personas permeables para los discursos alarmistas y de odio que se difunden sin filtro en internet.
Esa falta de certezas se transforma rápidamente en temor hacia lo desconocido, cumpliéndose así el segundo paso de la cadena de Averroes: el miedo. Este miedo colectivo es canalizado de forma constante a través de discursos polarizados. El miedo a perder la identidad, la seguridad o el bienestar socioeconómico se convierte, de manera casi inevitable, en un rechazo sistemático hacia el prójimo.


























