El Mundial aún no ha empezado y las políticas migratorias de la administración del presidente Donald Trump ya complican seriamente su desarrollo. El que probablemente sea el evento deportivo más importante del mundo, tras los Juegos Olímpicos, está seriamente condicionado a la prohibición de entrada a Estados Unidos de determinados ciudadanos extranjeros. La gran mayoría, de países africanos y asiáticos donde el Islam es la religión predominante.
El primer encuentro en suelo estadounidense se disputará en el estadio de Ingewood (California) durante la madrugada del viernes al sábado -hora española-. Estados Unidos se medirá a Paraguay en un duelo que será una fiesta para el país. Pero el problema llegará después, cuando Irán, por ejemplo, tenga que cruzar la frontera y entrar en Estados Unidos para jugar.
El país persa está vetado allí. A la guerra entre ambos países en Oriente Medio se le suma las fuertes tensiones que mantienen desde hace décadas. Y, aunque el deporte siempre había logrado una especie de armisticio para el correcto desarrollo de sus competiciones, esta vez la FIFA ha pinchado en hueso. Trump es inflexible e Irán tendrá serias limitaciones para disputar el Mundial.