
Hay episodios de nuestra historia que cinco siglos no han conseguido absolver. El de 1526 es uno de ellos. Hace quinientos años, los musulmanes de la Corona de Aragón fueron obligados a convertirse al cristianismo. No se les pidió que cambiaran de opinión, sino de religión. Y, con ella, de identidad. La alternativa era abandonar la tierra en la que muchos llevaban generaciones viviendo. Una forma bastante expeditiva de resolver la diversidad, aunque no demasiado eficaz: ochenta y tres años después, sus descendientes serían expulsados definitivamente.
Del 26 al 28 de octubre, la Universidad de Alicante acogerá un congreso internacional bajo un título tan sencillo como sugerente: Un Islam cercano. Investigadores de distintas universidades españolas y extranjeras examinarán aquellas conversiones forzosas, sus consecuencias y las complejas relaciones entre musulmanes y cristianos. Entre ellos figuran historiadores de reconocido prestigio, como Bernard Vincent, Rafael Benítez Sánchez-Blanco, Manuel Ruzafa o Luis Fernando Bernabé Pons, este último uno de sus organizadores.
No se trata de desempolvar una curiosidad académica. Se trata de comprender una parte sustancial de nuestra propia historia, demasiadas veces relegada a los márgenes de una memoria selectiva.
Casi coincidiendo con este encuentro, el Consell Valencià de Cultura acaba de presentar Mudéjares y morerías en el Reino de Valencia, una obra del historiador José Hinojosa Montalvo que contribuye a recuperar el conocimiento de aquellas comunidades musulmanas que permanecieron bajo dominio cristiano después de la conquista. Dos iniciativas distintas, pero un mismo empeño: recordar que la sociedad valenciana no surgió de una sola raíz ni fue nunca culturalmente uniforme.
La coincidencia resulta especialmente oportuna. Vivimos tiempos en los que ciertos profesionales del resentimiento han descubierto que el miedo al diferente proporciona buenos dividendos electorales. La ultraderecha española, también la valenciana, ha convertido al musulmán en sospechoso habitual y al islam en una amenaza casi congénita. Poco importa que para sostener semejante caricatura haya que falsear la realidad, manipular los acontecimientos o confundir deliberadamente religión, inmigración y delincuencia.
Conviene recordar que nuestros antepasados musulmanes no fueron visitantes ocasionales. Cultivaron nuestras tierras, poblaron nuestras ciudades, desarrollaron oficios, dejaron palabras, técnicas, conocimientos y formas de entender el paisaje. También protagonizaron conflictos, como cualquier otra comunidad humana. No necesitan una idealización retrospectiva, sino algo bastante más elemental: que se les reconozca su lugar en la Historia.
Naturalmente, cinco siglos nos separan de aquellas persecuciones religiosas. Sería absurdo establecer equivalencias automáticas con el presente. Pero también resultaría ingenuo ignorar cómo determinadas retóricas de exclusión encuentran resonancias inquietantes en el pasado.
Quizás esa sea la principal virtud del congreso alicantino y del libro de Hinojosa: recordarnos que la Historia no está para proporcionar coartadas a nuestros prejuicios, sino para someterlos a examen. Porque una sociedad que desconoce de dónde viene acaba creyendo a cualquiera que le señale de quién debe defenderse.


























