El trasplante de órganos en el Islam

El Islam acepta la donación de órganos sino que esta se permite en el caso de fallecidos o de que tal donación cause un perjuicio mínimo a la salud del donante, en el caso de estar vivo, y un bien mucho mayor a la vida y la salud del receptor.

Los juristas musulmanes sancionaron el trasplante de dientes y huesos, que fue practicado por cirujanos musulmanes desde hace mil años. El Imam Nawawi (1233-1272) discutió completamente el tema del trasplante de huesos y dientes en su voluminoso libro de texto de referencia Al Maymu y en su conciso libro de texto Minhay At Talibin.

En el caso de un donante fallecido que dona sus órganos no hay problema en que estos sean donados a otra persona para salvar una vida.

En el caso de un donante vivo a veces se invoca el principio de no hacer daño al cuerpo para rechazar las donaciones. El donante no puede dar uno de sus órganos vitales, lo que terminaría con su vida. Eso sería un acto de homicidio o suicidio, los cuales son considerados entre los crímenes más detestables en el Islam. La donación de un órgano cuya pérdida generalmente no cause daño o produzca un riesgo mínimo aumentado para la salud o la vida del donante, es aceptable si el beneficio para el receptor es mayor que el daño que se causa al donante. Por ejemplo, la donación de médula ósea a un familiar. Se puede invocar aquí el principio de aceptar el daño menor cuando alguien se enfrenta a dos males. El daño causado por la enfermedad, que puede matar una vida humana, no puede ser comparable con el daño mínimo ocasionado por la donación.

Cabe señalar que el concepto de “milkiyat” se refiere a la “propiedad divina del cuerpo” y solo se refiere a que una persona no puede tratar su cuerpo de una forma indigna. Las personas no pueden dañar su cuerpo o suicidarse, según el Islam. Pero el utilizar un órgano para salvar una vida no tiene que ver nada con eso. Se trata de salvaguardar un bien público, que es la vida de una persona”.

La donación de órganos no debe considerarse, pues, como un acto de transgresión contra el cuerpo. Por el contrario, son actos de caridad y benevolencia hacia otros seres humanos, que Dios ama y alienta.