Tras recibir la revelación del Ángel Yibril, una importante misión le fue asignada al Profeta Muhammad (PB): la de transmitir el Último Mensaje de Dios a la humanidad.

Con los años, él realizaba numerosas tareas diarias como el reunirse con gente, la predicación de la Palabra de Dios y la dirección del Estado Islámico durante su vida en Medina. Allí fue donde el Islam se estableció como religión estatal, sistema social y orden económico, que fueron creados de la nada porque antes no existían.

A pesar de estos enormes compromisos, el Profeta Muhammad pasó mucho tiempo con su familia. Se mostraba cariñoso, razonable y respetuoso. Recibía a representantes de los estratos más diferentes de la sociedad cada vez que acudían a él. Al final, todos lo dejaban sintiéndose satisfechos, incluso aquellos que vinieron con quejas.

En algunas culturas de todo el mundo, se considera degradante que un hombre ayude a su familia haciendo el trabajo doméstico. La mayoría de los hombres no se agobian mucho, esperando que sus madres, hermanas, esposas o hijas hagan todo lo que sea necesario.

El Profeta Muhammad (PB) no era así. Él a menudo ayudaba a sus esposas cuando estaba la casa y él mismo reparaba su ropa y sus pertenencias personales.

Aisha (que Dios esté complacido con ella) dijo: “Trabajaba para su familia, y cuando escuchaba el adhan (llamamiento a la oración), salía”. (Imam al Bujari).

El Mensajero de Dios (PB) tampoco evitó expresar amor por su esposa e hija. Se levantaba para saludar a su hija Fátima cuando iba a visitarlo.

Hoy en día, a menudo es posible observar cómo una persona que ocupa una posición de liderazgo cae en la trampa de la arrogancia, buscando todas las formas posibles de ejercer su poder sobre otras personas.

Ya se trate de un empleado en una oficina corporativa, un chófer, un portero, un asistente personal o cualquier otro subordinado que trabaje para nosotros y haga nuestra vida más fácil, si ellos no hacen el trabajo correctamente y a tiempo, a menudo la mayoría de los empleadores les someten a multas o despidos.

Ahora imaginenos un jefe que nunca multa ni despide, porque en cambio, motiva a sus empleados a hacer un trabajo de calidad con la ayuda de métodos positivos, sacando a la luz los talentos innatos de cada persona. Por supuesto, este enfoque dará el mejor resultado.

Así es como el Profeta Muhammad trató a su personal, a sus asistentes personales y a otras personas que vinieron a servirlo, a aprender de él o beneficiarse de alguna manera de su formación y tutoría, ya fueran musulmanes o no.

El Profeta (PB) fue realmente el gobernante más amable y atento. Ni siquiera hacía comentarios a los que estaban a su servicio si, por ejemplo, se olvidaban de hacer algo o hacían algo que no le gustaba.

Su compañero Anas (que Allah esté complacido con él) dijo:

“Cuando el Mensajero de Dios (PB) llegó a Medina, no tenía sirviente. Abu Talhah me llevó ante el Profeta y dijo: “¡Oh Mensajero de Dios! Anas es un joven sabio, así que deja que te sirva”. Entonces, fui su sirviente en casa y en sus viajes. Si hacía algo, nunca me preguntó por qué lo hice, y si me abstenía de algo, nunca me preguntó por qué me abstuve de hacerlo”. (Bujari y Muslim).

El Profeta Muhammad (PB) nunca hizo reproches a Anas durante los años en que le sirvió. Esto fue debido a que era muy compasivo hacia la gente y comprendía sus necesidades y deseos humanos.

El Profeta (PB) podía haber tenido todos los tesoros del mundo, pero eligió la satisfacción del Señor, podría haber vivido en un palacio, pero preferió dormir en una cama hecha de ramas de palmera secas, podría haber pedido todo para sí mismo, pero siempre se preocupó solo por la comunidad (ummah).

Hombre sabio, simple, amable, amistoso, sensible, generoso y bendecido, el Profeta Muhammad (PB) seguirá siendo para nosotros el mejor ejemplo de todo.