Habitantes de ciudad filipina que estuvo ocupada por el Daesh viven un amargo Eid

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musulmanes filipinos marawi

Los residentes musulmanes de una ciudad del sur de Filipinas devastada por una sangrienta ocupación del Daesh del año pasado celebraron la festividad islámica de Eid al Fitr el viernes en mezquitas plagadas de disparos mientras que muchos musulmanes cuyas casas fueron arrasadas por la lucha rezaron en refugios de tiendas de campaña.

Unos pocos miles de personas acudieron a la Mezquita Dorada, para rezar allí sus oraciones de la Fiesta del Eid, que marca el final del mes sagrado del Ramadán. En un centro de evacuación situado en otra parte de la ciudad, junto al lago, las personas sin hogar rezaron al aire libre para pedir tiempos mejores.

La fiesta es un conmovedor recordatorio de cómo la vida volvió a la normalidad para miles de residentes que regresaron a sus hogares, pero también de la incertidumbre que sufren muchos otros ocho meses después de que las tropas filipinas, respaldadas por ataques aéreos y fuego de artillería, pusieran fin a la ocupación de cinco meses del grupo terrorista Daesh.

“Esperamos que la paz regrese aquí, a Marawi, y que el gobierno nos ayude a paliar el daño”, dijo Salek Omar, de 76 años, que vive cerca de la Mezquita Dorada, en el barrio de Saduc.

Mientras que algunas tiendas pequeñas se han abierto y los peatones y autos nuevamente recorren las calles frente a la enorme mezquita, las cicatrices de la violencia del año pasado aún son evidentes en todas partes: casas quemadas, minaretes dañados, vidrios rotos etc.

Omar, un ex empleado del gobierno, trajo a su esposa y a algunos de sus hijos y nietos al extenso complejo de la mezquita, donde ha celebrado religiosamente el Eid desde que era niño, excepto el año pasado, cuando cientos de militantes del Daesh ocuparon edificios y comunidades unos días antes del Ramadán. Más de 300,000 residentes, incluido Omar, huyeron de Marawi hacia las ciudades periféricas al estallar los enfrentamientos entre los militantes y el Ejército.

“Ahora estamos bien aquí”, dijo, pareciendo cauteloso al hablar con extraños.

El viaje de la ciudad a la normalidad puede llevar años a un costo enorme, señalan los funcionarios, que han advertido, no obstante, que si la reconstrucción fracasa, el descontento que se generaría podría ser explotado por los militantes.