Tras meses reclamando un embargo armamentístico a Arabia Saudí,  Karen Armstrong (Wildmoor, Reino Unido, 1944) se siente menos sola estos días, en que  el Parlamento Europeo lo ha pedido  y  Alemania lo ha iniciado  por el  asesinato de Jamal Khashoggi  en el consulado saudí en Estambul. Esta historiadora de las religiones (reconocida el año pasado con el  premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales) ya criticaba antes a Riad por  su papel en la guerra de Yemen, pero sobre todo por cómo ha contribuido a configurar la imagen de los musulmanes en Occidente, al presentar el wahabismo —la minoritaria y ultraconservadora corriente  que el reino saudí  ha propagado por el mundo musulmán  a golpe de petrodólar— como el verdadero islam.

«El apoyo que los Gobiernos occidentales han dado a Arabia Saudí ha hecho mucho daño al mundo musulmán», subraya Armstrong en una entrevista con EL PAÍS el miércoles de la semana pasada en la sede de Casa Árabe en Madrid, donde dio una conferencia sobre los desafíos del islam en el mundo moderno.  La expansión del wahabismo  en el marco del pulso con Irán, añade, ha sido «irresponsable» y ha «cambiado a toda una generación de jóvenes musulmanes». «Es como si una pequeña facción del cristianismo en el Cinturón de la Biblia de Estados Unidos expandiese una forma estricta de cristianismo con apoyo internacional. Cambiaría por completo la faz del cristianismo», compara.

La autora de  Una breve historia del Islam  (2000)  y Muhammad: un profeta para nuestro tiempo  (2006)  fue monja en su adolescencia. Salió de la congregación con una buena dosis de desdén hacia la religión hasta que una visita a Jerusalén le abrió la puerta al islam y al judaísmo y le devolvió el interés por su propia tradición cristiana. Luego exploró las tradiciones espirituales de Oriente. Cinco décadas y 26 ensayos después, lamenta el «desprecio general» hacia la religión (en particular la musulmana) que percibe en Occidente.

«Hay una arraigada aversión al islam en Occidente que data del tiempo de las cruzadas,  cuando el islam era una gran potencia global  y Europa una región tercermundista en guerra, muy por detrás de Bizancio. Había el mismo tipo de aversión que la gente siente hoy hacia Estados Unidos, hacia la gran superpotencia. En el siglo XIII los clérigos hablaban de él como una religión violenta y del profeta (Mahoma) como un pervertido sexual por tener varias mujeres. Fue  también entonces cuando cristalizó la imagen monstruosa del judío», explica.

La experta en religión comparada defiende que la visión de los europeos hacia el islam es fruto de una antigua proyección psicológica. «Los cruzados asesinaron un número horrible de musulmanes cuando tomaron Jerusalén en 1099. Fue una masacre abominable. Lo que hicieron es proyectar esa imagen de violencia en el enemigo. Desde entonces existe esa idea del islam como una religión violenta», argumenta.

Esa mochila simbólica europea, el  auge de los nacionalismos excluyentes  y el  impacto en las opiniones públicas de los atentados yihadistas  forman, a juicio de Armstrong, un cóctel que recuerda al período de entreguerras, con los musulmanes «desde hace un tiempo» en el papel de los judíos entonces. «No hemos aprendido nada de los años 30 [del siglo XX], con la campaña de Hitler contra los judíos en Alemania  que acabó en el Holocausto. Al final de los 90 había  campos de concentración de nuevo en Europa, en Bosnia, esta vez con musulmanes dentro. Nunca se puede decir ‘nunca más», dice en referencia al lema acuñado tras  el exterminio nazi de seis millones de judíos.

La  freelance  del estudio de las religiones (como prefiere que la llamen) insiste en la necesidad de profundizar más allá de los grandes titulares para comprender los procesos que alimentan en parte el fenómeno yihadista. «Estamos atascados en el tema del terrorismo, pero no tenemos en cuenta lo que sucede en el mundo musulmán. Cuando hubo  los atentados de  Charlie Hebdo  [en París en 2015],  2.000 personas en Nigeria fueron asesinadas por Boko Haram. Una pequeña mención en la prensa.  ¿154 niños asesinados en Pakistán por los talibanes? Una pequeña mención en la prensa. Nada que ver con ese ¡búa! para nosotros. Estas cosas no se pasan por alto en el mundo islámico. Cuando algo sucede a los musulmanes en otro lado del mundo,  como con los rohingyas, deberíamos dejar flores en las calles,  como hacemos cuando matan a nuestra gente. Si no, Occidente da la impresión de que algunas vidas valen más que otras», opina.

Armstrong insiste también en que  el terrorismo yihadista  es «una fase histórica que pasará», igual que quedaron atrás los atentados de los movimientos revolucionarios rusos ateos iniciados a finales del siglo XIX o  los ataques suicidas de los Tigres Tamiles  en las dos últimas décadas del siglo pasado. «El terrorismo es siempre inherentemente político, sea o no religioso», dice antes de mencionar un dato que le gusta recordar: el psiquiatra forense de la CIA que entrevistó a los presos en Guantánamo tras el 11-S llegó a la conclusión de que solo una ínfima parte tenía una educación musulmana tradicional. «La mayoría se habían convertido recientemente (o sea, que no sabían mucho) o se volvieron religiosos al unirse al movimiento», añade.

A Armstrong, de hecho, le preocupa más «la enfermedad del nacionalismo  que estamos viendo en Europa», de la que pone como ejemplo  el Brexit   («un signo del declive» del continente) y establece un paralelismo con la Antigua Roma para ilustrar que, en su opinión, la llegada al poder de los Trump,  Orbán  o  Salvini refleja que la primacía de Occidente atraviesa sus últimas horas. «Se puede ver que el Imperio Romano estaba en declive cuando empezaron a escoger emperadores como Nerón o Calígula. Trump es un ejemplo de una sociedad en decadencia. China o India están ascendiendo como nuevos líderes mundiales porque lo mejor y más brillante que nosotros podemos proveer es  Trump  o  Theresa May», concluye entre risas.