Ibn Battuta: tras los pasos del peregrino incansable

Reza un antiguo proverbio árabe: “quien vive ve, pero quien viaja ve más”. Y fueron, precisamente, ellos, los musulmanes, los más grandes viajeros, cartógrafos y geógrafos del medievo.

Por tanto, los que más vieron. Mientras en Occidente se vivían tiempos oscuros y sangrientos, tras el fracaso de las Cruzadas, otras culturas comenzaban a viajar y a expandirse. Y fue, precisamente, aquel pueblo de pastores que abrazó el Islam, el más destacado de todos ellos.

En contraste con lo que ocurría en Europa, la fe islámica se extendía desde el Atlántico al Pacífico, llegando a ser la gran civilización de la Baja Edad Media. Fue un pueblo viajero, interesado en el comercio, la ciencia, la literatura, el derecho, las artes y la conquista.

No es fácil ser musulmán sin ser, también, viajero, pues, aunque otras religiones fomentan la peregrinación a lugares santos, solamente el Corán impone a sus fieles la solemne obligación de realizar el hajj, o viaje a la ciudad santa de La Meca.

Tanto es así, que el mayor andarín del mundo árabe y de toda la época medieval comenzó su eterno caminar cumpliendo con el quinto pilar del Islam: el hajj. Fue un joven marroquí llamado Shams ad-Din Abu Abd Allah Muhammad ibn Muhammad ibn Ibrahim al-Luwati at-Tanyi, quien, bajo el más cómodo nombre de Ibn Battuta, protagonizó el mayor viaje de la época.

Nacido en 1304, en la siempre cosmopolita ciudad de Tánger, creció en el seno de una familia culta y pudiente. El 13 de junio de 1325, a la edad de veintiún años, abandonó las comodidades hogareñas y partió para llevar a cabo el precepto islámico que obliga a todo musulmán adulto y sano a viajar hasta La Meca.

Pero esta peregrinación fue solamente la primera etapa de un largo caminar que se acabó tornando en mucho más, pues acabaría recorriendo 120.000 kilómetros durante casi 30 años; una distancia tres veces mayor que la transitada por el mismísimo Marco Polo. No por nada pasa por ser el mayor trotamundos de todos los tiempos.

Ibn Battuta partió de Tánger un año después de la muerte de Marco Polo, como si el destino quisiera que éste tomara el relevo de otro gran explorador.

En su ruta hacia La Meca, a la que llamó “ciudad de confianza”, viajó por el norte de África, siendo la fascinante Alejandría, la gran urbe fundada por Alejandro Magno, su primera parada. Pero fue al llegar a El Cairo cuando Egipto le sedujo y le mostró la fuerza de una gran metrópoli musulmana.

Tras su paso por la Tierra de los Faraones, continuó su viaje hacia La Meca, tomando el camino menos común de todos, siguiendo la Ruta de la Seda y uniéndose a las caravanas beduinas a través del desierto arábigo.

En su libro Los Viajeros Medievales, la profesora de Historia Medieval, Maria Serena Mazzi, habla de lo que supuso para Ibn Battuta la experiencia del desierto: “es ambigua, inquietante y exultante a la vez dependiendo de con qué o quién se encuentre, por mucho que él ya estuviera acostumbrado a los paisajes ardientes y desnudos”.

Palestina, El Líbano y Siria fueron sus siguientes paradas. Y, por fin, llegó al destino final de su peregrinaje, previa visita a Damasco, donde pasó el Ramadán, y Medina, la ciudad donde está enterrado el Profeta Muhammad..

Una vez alcanzada La Meca, Ibn Battuta, en comunión con los musulmanes allí reunidos, más allá de tribus y razas, llevó a cabo el ritual de la circunvalación: dar siete vueltas a la Kaaba –el lugar sagrado más importante del Islam–, en el sentido opuesto a las agujas del reloj.

Pero el viajero, que le había cogido el gusto a eso de dejarse sorprender por el mundo, prosiguió su itinerario por otros lugares santos del Islam, como Meshed y la tumba del santo Alí al-Ridá. Y, tras cumplir los devotos deberes del peregrinaje musulmán, siguió paseándose por lugares como Irak, el Juzistán, Fárs, Tabiz y el Kurdistán para acabar en Bagdad, la gran ciudad a la que cantaban todos los poetas y que, en cambio, ahora se le antojaba venida a menos, tras ser asediada, tiempo atrás, por los mongoles.

El tangerino volvió a peregrinar a la ciudad de La Meca hasta en dos ocasiones más, no sin antes seguir explorando los confines del mundo islámico. Experto en seguir las rutas menos transitadas, se embarcó en una larga travesía marítima que le llevó a conocer la costa oriental africana y el Golfo Pérsico, donde el árabe no era la lengua común: Omán, Yemen, Etiopía, Mogadiscio, Mombasa, Zanzíbar y Kilwa.

Pero el gran viaje de Ibn Battuta no había hecho más que empezar. El marroquí atravesó Turquía, el Mar Negro, Crimea y acabó adentrándose en los territorios del temido gran Khan, donde, según su propio relato, fue recibido por éste con gran lujo y le hizo el honor de compartir algunas de sus esposas oficiales. Incluso, acompañó a una de ellas hasta Constantinopla, donde tomó contacto, por primera vez, con el mundo no islámico.

A los 28 años, contempló por primera vez el Valle del Indo, donde acabó pasando casi toda una década. Allí, y gracias a sus años de estudio, mientras estaba en La Meca, Ibn Battuta fue empleado como cadí (juez) por el sultán Muhammad Tuguluq. Fue India la gran joya de la corona de sus periplos y sus memorias, pues un tercio de su rihla está dedicado a las vivencias que tuvo en el subcontinente.

Con el tiempo, y sabiendo que el sultán había comenzado a desconfiar de él, Battuta se sintió en peligro y solicitó permiso para llevar a cabo su cuarta peregrinación a La Meca, pero el monarca le ofreció otra alternativa: ser su embajador en la corte de China. Dada la oportunidad, tanto de alejarse de él como de visitar nuevas tierras, Ibn Battuta optó por no desobedecer.

El aventurero zarpó hacia China, recalando primero en las Maldivas, donde pasó más tiempo del que se propuso y acabó casándose en varias ocasiones.

Y, de allí, se dirigió hacia Ceilán, la actual Sri Lanka, donde se ubica el Pico de Adán, lugar de peregrinación para budistas, musulmanes e hindúes. Se trata de una enorme montaña cónica de más de 2.000 metros de altura, que posee distintas atribuciones, dependiendo de la religión. En su cima se encuentra una huella de proporciones considerables, perteneciente según la tradición a Adán, quien puso su primer pie allí, el día que fue expulsado del Edén.

Pero el viaje de Battuta estaba plagado de eventualidades y, al retomar su ruta marítima, un fuerte temporal acabó con su barco. La suerte quiso que una partida de rescate lo salvara, para ser, más tarde atacados por una embarcación de piratas hindúes. ¿Acaso estaba destinado a no pisar nunca territorio chino?

Solventado aquello, Ibn Battuta rehizo su camino con éxito, pasando por Chittagong, Sumatra, Vietnam y, finalmente, alcanzó Quanzhou, en la provincia de Fujian, China. Desde donde viajó a conocer otras ciudades como Cantón.

En su rihla, dice haber viajado incluso más al norte, pero existen dudas razonables de que se paseara por China tanto como presume, ya que su relato flojea en cuanto a descripciones y vivencias personales.

Tras su periplo oriental, Ibn Battuta decidió regresar. En esta ocasión, a casa. A un hogar que hacía más de una década que no visitaba. Corría el año 1347 y ahora era un hombre de más de cuarenta años el que recorría el Golfo Pérsico de vuelta a su Marruecos natal.

En su retorno, volvió a pasar por lugares anteriormente visitados como Sumatra o Damasco, donde se enteró del fallecimiento de su padre, hacía ya 15 largos años. En aquella época, la peste negra ya había empezado a extenderse por el mundo y el tangerino era testigo de los estragos que ésta causaba allí por donde pasase.

Con el hogar siempre en mente, aún tuvo tiempo de cumplir con su cuarta peregrinación a La Meca. Y de navegar hasta Cerdeña, Túnez, Argelia y, finalmente, Marruecos donde, antes de llegar a su casa, supo que su madre había muerto por aquella terrible pandemia.

No obstante, su estancia en casa no duró demasiado. Sin apenas tener tiempo de compartir con sus compatriotas los relatos de sus aventuras y hazañas, decidió conocer el norte, cruzar el Estrecho de Gibraltar en un pequeño barco de cabotaje y descubrir las maravillas de Al-Ándalus.

Su inquietud le llamaba a seguir moviéndose a lo largo y ancho de todo el Islam y su visita al reino musulmán de la Península Ibérica se convirtió en su mayor acercamiento al mundo cristiano.

Es en este nuevo capítulo trotamundos donde se hizo más notorio el sentido del respeto acrecentado por sus aventuras. Battuta, que partió de su hogar, tiempo atrás, poseyendo unas férrea e inmutables convicciones religiosas, pues era más que notable su intransigente ascetismo, había hecho de la palabra “convivencia” una compañera, no solo de su viaje físico, sino, también, del que recorrió su alma y que le abrió las entendederas.

Tras su incursión andalusí, su incansable curiosidad le llevó a visitar una parte del suelo musulmán que, por extraño que parezca, aún le era territorio ignoto: su propio país. El tangerino pasó un tiempo en Fez, a la que consideró “la ciudad más hermosa del mundo”.

Al término de 1351, el sultán de Marruecos le encargó llevar a cabo una nueva expedición. Debía explorar una serie de territorios desconocidos que se encontraban mucho más al sur, en el África subsahariana. Concretamente, al semilegendario imperio de Mali, de donde procedían bienes tan preciados como el oro, la sal y los esclavos.

Para ello, atravesó en caravana el Atlas, el Desierto del Sahara –guiado por los touaregs, los indomables hombres azules– y hubo de atravesar el espinazo del río Níger. Sobre el Islam de piel oscura y lo que allí encontró, Ibn Battuta expuso una excepcional fuente de datos geográficos, políticos, sociales y religiosos en su crónica viajera.

De allí, tomó de nuevo las aguas del Níger para dirigirse a Tombuctú donde, aunque en tiempos de Ibn Battuta no existía aún, se encuentra la Biblioteca Andalusí de Tombuctú, creada por una familia exiliada de la Península Ibérica tras la caída de Al-Ándalus.

Estando en Níger, recibió la noticia de que debía de regresar a casa. Aquél fue el último viaje de Ibn Battuta.

El regreso a casa del viajero podría ser perfectamente resumido por las palabras de Joachim du Bellay cuando escribió: “Feliz quien como Ulises emprendió un maravilloso viaje y, al regresar, pudo contarlo”, pues tras su intenso periplo, que le llevó a peinar los confines del Islam, regresó al hogar que le vio marchar siendo joven y en el que ya nunca volvió a encontrar a sus padres con vida.

Una vez allí, a sus 54 años y por sugerencia del sultán de Marruecos, dictó sus viajes al estudioso granadino Ibn Yuzayy, quien convirtió sus idas y venidas en palabras escritas en forma de rihla –o relato de viajes– y que, seguramente, añadió a la obra citas literarias de su propia cosecha, poesías e, incluso, elementos imaginarios.

Este género literario, que baila entre lo descriptivo-narrativo y lo mítico-legendario, apareció en el siglo XII, gracias a los musulmanes provenientes de occidente, como andalusíes o marroquíes, que anotaban las incidencias y conocimientos adquiridos durante sus peregrinaciones a La Meca y a los grandes centros del saber, como Damasco, El Cairo o Bagdad.

La rihla de Ibn Battuta se llamó Regalo de curiosos sobre peregrinas cosas de ciudades y viajes maravillosos, aunque, como él mismo, llegó a nosotros con un nombre más abreviado y fácil de recordar: A través del Islam.

Se trata del retrato más fiel que existe sobre la geografía y la historia de todo el ámbito musulmán durante el medievo. “Ibn Battuta no pretendía explorar tierras desconocidas y conocer culturas ignotas, sino recorrer el mundo islámico para tener una visión completa de él. Este es el contenido del Rihla”, escribe el periodista Pedro Eduardo Rivas Nieto en su obra Historia y Naturaleza del Periodismo de Viajes.

Ibn Battuta fue un excelente cronista de viajes, pues no se limitó, solamente, a hacer una fría descripción de lo que le fue aconteciendo, sino que lo narró con pasión y obligado a recurrir a la memoria, ya que buena parte de sus notas se perdieron por el camino.

A través del Islam es la aventura de un peregrino, de un tiempo, de un viaje y de un vastísimo marco geográfico. Se nutre de anécdotas; breves descripciones de ciudades, templos y lugares; narraciones; milagros y maravillas; acontecimientos históricos; historia natural; sucesos del momento y supone el más alto exponente en su género, pues sus reseñas dan una visión de primera mano de lugares y gentes que, hasta entonces, sólo se conocían a rasgos generales.

A día de hoy, sirve de gran ayuda para los estudiosos de aquel periodo. Aunque el cuadro histórico que va dibujando de la época es bastante acertado, también debemos advertir que en la obra existen contradicciones y exageraciones, pues en ocasiones su narración mezcla la realidad y la ficción. El manuscrito original se encuentra en la Biblioteca Nacional de París. Resulta sorprendente que este excepcional personaje nos sea apenas conocido. Baste decir que la primera traducción de alguna de sus obras en nuestro país es del siglo XX.

Ibn Battuta fue un viajero infatigable, un observador tenaz y un peregrino piadoso que comía y dormía donde podía y sufrió todo tipo de penurias: asaltos, naufragios, detenciones, pestes, tormentas, conspiraciones, revueltas.

Aunque también gustaba de disfrutar de la buena vida y los placeres de ésta, pues se casó en varias ocasiones, procuraba viajar con un nutrido harén y hacerse amigo de quien debía allí donde llegaba. A pesar de ello, fue un viajero absoluto, en el sentido más noble de la palabra.

Para Ibn Battuta, quien se definió como «el viajero de los árabes y los persas», lo que comenzó siendo un viaje de aprendizaje y peregrinación, acabó volviéndose el eje central de su existencia, pues poco más se sabe de su vida cuando volvió a casa. Como si su vida sólo fuera digna de ser relatada mientras ésta era nómada.