La astronomía islámica medieval

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astronomia islamica medieval

La astronomía puede ser identificada en términos árabes con varios términos como Ilm al Nuyum o Ciencia de las Estrellas. El interés por la astronomía es un factor constante en la cultura islámica hasta el punto que implicó a más científicos que cualquier otra ciencia. Además, más libros fueron escritos sobre este tema que cualquier otra rama de la ciencia.

Aunque el interés por la astronomía era antiguo, no fue hasta los siglos VIII y IX que fue elaborado un tratado científico sobre este tema.

Existieron libros sobre cómo construir un astrolabio como el Kitab al Amal bi´l Asturlab al Musattah. Normalmente los árabes utilizaron el astrolabio esférico plano, el más versátil instrumento de su tipo en el medioevo árabe y en Occidente.

La astronomía islámica nació, como hemos visto, de la mano de intereses astrológicos y en estrecha dependencia de fuentes hindúes. Sin embargo, el Almagesto se tradujo muy pronto y surgió así un conflicto entre los parámetros de aquéllas y los ptolemaicos, que no dejó de preocupar a los astrónomos musulmanes. El famoso astrólogo Abu Ma’sar (787 – 886) decidió acabar con las divergencias inventando una ingeniosa leyenda: tales sistemas no eran sino versiones degeneradas de una originaria revelación del dios Hermes (que identifica con el profeta Idris, mencionado en el Corán y mucho más respetado).

El astrónomo Ibn Al Hayzam (m. Haizam) criticó las obras de Ptolomeo en su tratado Al Shukuk ala Batlamiyus, en la que discutió el efecto óptico del movimiento del sol. Él notó que el tamaño del sol variaba en diferentes partes del día. Aparece más grande cuando está en el horizonte que cuando está en el medio del cielo.

Los astrónomos manuníes, menos imaginativos, optaron por restablecer los parámetros correctos sobre la base de un sistemático programa de observaciones que se llevaron a cabo tanto en Bagdad como en Damasco. En torno al siglo X, coincidiendo con la actividad de al-Battani (c. 858 – 929), la astronomía islámica se había decantado ya en favor del sistema ptolemaico. No obstante, los problemas de carácter observacional se habían agravado al constatarse la inexactitud de algunos de los parámetros del Almagesto, a la vez que el hecho de que algunas de las presuntas constantes astronómicas no lo fueran en realidad (puesto que experimentaban lentas, pero efectivas, variaciones).

De este modo los astrónomos árabes se vieron obligados a dedicar buena parte de sus esfuerzos a la astronomía observacional, debiendo consiguientemente perfeccionar el instrumental para ello requerido. Su finalidad última —refinar la teoría planetaria ptolemaica hasta donde fuera posible— rara vez se puso en cuestión (al menos hasta el siglo XII y, en todo caso, desde presupuestos puramente filosóficos). Los problemas que preocupaban a los astrónomos musulmanes no eran, pues, de índole teórica.

Durante el reinado del Califa Al Mamun, un astrónomo, Yahia ibn Abi Mansur se hizo celebre por sus observaciones astronómicas desde Shammasiyah, en Bagdad, y desde lo alto de la montaña de Qasiyun, cerca de Damasco en los años 830 al 832. Otros observatorios fueron construidos en varias ciudades como Bagdad, El Cairo, Tabriz, Samarqanda, Estambul y Nueva Delhi.

Anteriormente se hizo referencia a la estrecha vinculación de la astronomía y la astrología en el Islam medieval, hasta el punto en que la distinción entre astrónomo y astrólogo no se afianzó sino en el siglo pasado por influencia de Occidente. La elaboración de horóscopos y la formulación de cualquier clase de pronósticos astrológicos requerían un conocimiento preciso de las diversas posiciones planetarias.

Esto es chocante porque la astrología había sido claramente condenada en el Corán (XXVII, 65) por sus pretensiones de conocer el futuro, —algo que sólo a Dios le era dado—, pero muy pronto se salvó este escollo de la mano de la reinterpretación neoplatónica de los astros como signos y no como causas.

La astronomía no sólo se benefició de las preocupaciones astrológicas de los gobernantes, sino que recibió su espaldarazo de la mano de las indicaciones coránicas acerca de los preceptos rituales que todo musulmán debía observar. Como es bien sabido, el Corán (II, 238; XI, 114; etc.) prescribía la obligación de efectuar diariamente determinadas y muy precisas oraciones: ése fue el punto de partida de la ‘ilm al-miqat o ciencia de los momentos fijos, cuyo principal cometido era determinar con toda exactitud las horas del día y de la noche en que debían realizarse las oraciones preceptivas.

El muwaqqit o astrónomo encargado de ello era un funcionario de las mezquitas —a cuyas órdenes estaban los almuédanos— que, por lo general, no se ocupaba en absoluto de problemas relativos a la teoría planetaria y, menos aún, a la cosmología. Ibn Yunus (m. 1009) y al-Jalili (fl. 1365) serían dos asos paradigmáticos. Esa ha sido una de las razones de que muchos historiadores, sin comprender su especificidad, hayan denunciado la pobreza teórica de la astronomía islámica, predominantemente volcada sobre la observación y la elaboración de tablas. Pero, como hemos visto, su carta de naturaleza dependía precisamente de las ventajas prácticas que pudiera reportar a la sociedad. La determinación de las horas de las oraciones, así como el comienzo y el final del Ramadán, o la predicción de eclipses solares y lunares (casos en que se prescribían ciertas oraciones adicionales) eran sin duda alguna capitales para la vida religiosa del Islam.

Y no menos lo era la determinación de la qibla o dirección de La Meca, puesto que todos los musulmanes debían rezar de cara a la Kaaba (Corán, II, 144; II, 150) y, por consiguiente, el mihrab o nicho de los mezquitas tenía que erigirse conforme a esta orientación. Naturalmente, la qibla variaba de una localidad a otra, por lo que el problema requería nuevas soluciones a medida que las fronteras geográficas del Islam iban ampliándose. Su dificultad era más que notable, habida cuenta de la necesidad de arbitrar complicadas fórmulas de trigonometría esférica, de las cuales no se pudo disponer hasta los siglos IX y X gracias a los trabajos de al-Battani, Abu-l-Wafa (940 – 995) y al-Biruni, autor éste de la obra más importante que sobre el problema ofreciera la ciencia islámica, el Tratado sobre la determinación de las coordenadas de las ciudades (1025).

No es, pues, fortuito (por las razones recién mencionadas) que la astronomía observacional fuese una de las pocas disciplinas científicas que logró sobreponerse a la decadencia general de la civilización islámica; de hecho, los grandes observatorios funcionaron entre los siglos XIII y XVI, ya en pleno declive, y es también en ese momento cuando florece la llamada Escuela de Maraga, que emprendió la más sistemática e influyente revisión de la teoría planetaria ptolemaica.

Las restantes ciencias fueron perdiendo vigor a medida que el esplendor de sus grandes patrocinadores se eclipsaba bajo el empuje de turcos y mongoles.