Turquía extiende su influencia por los Balcanes

De Siria a Libia, pasando por los Balcanes, la diplomacia turca extiende su influencia por territorios que antaño formaron parte del imperio Otomano, utilizando el «poder blando» y la presión militar.

Cuatro siglos después de la batalla de Lepanto, que puso fin a la expansión otomana en el Mediterráneo, Turquía se hace fuerte en Libia, en apoyo del Gobierno de Acuerdo Nacional (GAN), reconocido por la ONU.

Desde el norte de Siria hasta Trípoli, Ankara ha desplegado su fuerza militar para desplazar también de las aguas chipriotas a la competencia en la explotación de hidrocarburos, utilizando el territorio de la República de Chipre del Norte —no reconocida internacionalmente— como base de operaciones y justificación territorial.

La influencia turca sustentada en la idea de recuperar la influencia de la «Sublime Puerta» no sería completa si no pasara obligatoriamente por los Balcanes. Obviar el peso de la historia en la política turca actual es tan absurdo como ignorar el recuerdo negativo que los «invasores» turcos dejaron en Europa Central, en países del antiguo imperio Austrohúngaro, y que sirve todavía para explicar algunas de las políticas aplicadas en Budapest o Viena.

A «la diplomacia de las Mezquitas», que Turquía había ya desplegado en las zonas de los Balcanes con mayoría de población musulmana, se ha añadido en las últimas semanas la ayuda masiva aportada por el gobierno de Recep Tayyip Erdogan para paliar los efectos del COVID-19 en países como Bosnia-Herzegovina, Macedonia del Norte, Albania, el territorio de Kosovo, Montenegro, Bulgaria e, incluso, Serbia, un rival histórico.

En esa batalla por el dominio político, económico y cultural, Ankara llevó la delantera a la Unión Europea que, como ya es habitual, asiste impotente a la influencia externa —y no solo turca— en lo que en teoría es su zona de influencia. Las máscaras y otras ayudas con la bandera turca llegaron sin problemas a la zona, mientras los miembros de la UE se peleaban por el material sanitario.

El virus representa una oportunidad extra al despliegue de «soft power» que Erdogan ha ideado para los Balcanes desde hace tiempo, siguiendo la doctrina de su antiguo ministro de Exteriores, Ahmet Davutoglu, consistente en entablar relaciones con todos los países que en su día formaron parte del imperio otomano.

Mezquitas y telenovelas

Mezquitas, universidades, centros culturales, programas de televisión, apoyo financiero a medios de comunicación…todo está dispuesto para atraer no solo a la población musulmana de la zona, sino a los ciudadanos desesperados por una crisis económica persistente y, ahora, golpeados por el coronavirus.

Esa influencia se transforma en utilización política, especialmente usando la cuestión religiosa y cultural. Erdogan ya denunció en Sarajevo «el trato discriminatorio hacia los musulmanes en Europa del Oeste» y llamó a los musulmanes a «lanzarse a la conquista del poder en sus países». Jugar con el separatismo identitario es una táctica habitual del presidente turco en Europa. Ya en 2008, en Alemania, comparó la integración de los musulmanes turcos en Europa como «un crimen contra la humanidad».

«Kosovo es Turquía»

Los territorios de Kosovo y Albania son dos terrenos de predilección para Erdogan, hasta el punto de ser denunciado por la oposición interna en las dos zonas. En la capital albanesa, Tirana, un afiche mostró durante meses los nombres de las 251 «víctimas del intento de golpe de Estado de 2016».

Albania, candidato a la entrada en la Unión Europea, se liberó de la ocupación otomana en 1912. Hoy, mediante la anuencia de su presidente, Edi Rama —bajo el que pesan innumerables denuncias de corrupción— Albania se presta al juego turco y recibe millones de euros destinados, en teoría, a infraestructuras, como el aeropuerto de la ciudad de Vlora, al sur del país.

Las fuerzas policiales turcas han podido intervenir en la antigua provincia serbia de Kosovo para capturar a supuestos simpatizantes de Fehtullah Gullen, el rival número uno del presidente turco, exiliado en Estados Unidos.

Erdogan se siente tan a gusto en Kosovo que ha llegó a manifestar en Pristina, «Turquía es Kosovo y Kosovo es Turquía», antes de remachar, «Kosovo es mi segunda patria».

Para la ortodoxa Serbia fue un insulto grave que enturbia las relaciones que Turquía ha estrechado también con Belgrado. El «error», en todo caso, puede perdonarse ante la necesidad. La cifra de inversión turca en los Balcanes ha pasado de los 2.000 millones de euros en 2000, a 20.000 millones en 2019.