El Ramadán en confinamiento de Deborah e Issam

No es el primer Ramadán que Deborah e Issam harán en casa, pero sí el primero en el que el joven marroquí no podrá ir a la mezquita a orar y encontrarse con sus amigos. Para ella, sin embargo, poco ha cambiado, pues siempre ha preferido rezar en la intimidad. Sabe que será un Ramadán «más triste», porque los niños no salen como de costumbre a la calle pero también hay menos obligaciones. El trajín, en un hogar con poco espacio y para una familia de ocho personas, está en cualquier caso garantizado.

Pese a todo, para Deborah esta manera de vivir el Ramadán también tiene sus ventajas. «Como estamos en casa, el desgaste del día en ayuno es menor y también se nos hará más llevadero el hecho de que todavía no hace un calor extremo», explica la joven, madre de una familia numerosa, de padres y hermanos cristianos, que abrazó la fe del Islam hace ahora 11 años, cuando abandonó Madrid y se fue a vivir a Córdoba con sus cuatro hijas.

La mayor de ellas, Deyanira, que tiene ahora 17 años, está bautizada, como la propia Deborah. Pero eso forma parte de una vida anterior por la que hoy pasa de puntillas y en la que solo se detiene para decir que echa en falta a su hermano, con quien habla en ocasiones a través videollamadas.

A pesar de la crisis sanitaria, la familia de Deborah e Issam abre las puertas de su casa a EL MUNDO para mostrar cómo viven el mes del ayuno. Años anteriores, el Ramadán coincidió con las últimas semanas del curso escolar, por lo que la actividad en la casa de Deborah era frenética: Llevar a los niños al colegio, regresar a casa, hacer la comida, ir a comprar, preparar meriendas, limpiar. El ayuno permite a los musulmanes comer exclusivamente desde la puesta de sol hasta el amanecer. «Es el momento en el que cobramos vida», cuenta la joven bajo la mirada de su marido y sus hijas, María Teresa y Soraya. Dorsaf, la bebé de cuatro meses, permanece en silencio en los brazos de su padre, y Yassim, de tres años, provoca repetidamente las sonrisas de sus hermanas.

Cuando llegó a Córdoba las más pequeñas apenas superaban los cinco años y tuvieron que vivir algún tiempo en casas de acogida, hasta que la Empresa Pública del Suelo de Andalucía les facilitó una vivienda por la que paga 70 euros mensuales. Este 2020 celebra su noveno Ramadán rodeada de su familia, formada ahora por ocho personas: sus seis hijos y su marido, Issam.

El marroquí y la madrileña entablaron su primera conversación hace año y medio y a los pocos meses decidieron casarse. La pandemia del coronavirus también ha truncado las posibilidades del joven de obtener la tarjeta de residencia permanente y tanto él como Deborah están desempleados. Sus únicos ingresos son fruto de la Renta Mínima de Inserción Social que la Junta le concedió a Deborah.

Ritos

Nuestra anfitriona viste el hiyab -velo-, como la mayoría de las mujeres musulmanas, aunque Issam recuerda que no es obligatorio. Tres de sus hijas también lucen la prenda. Soraya, de 13 años, acompaña a su madre y a Issam en el ayuno. «Recuerdo que en mi primer Ramadán lo que más echaba de menos era el café de la mañana». En los rezos del día -Fayar, Dohor, Assar, Magreb e Isha- también participan María Teresa y Débora (hija).

Antes de cada una de las oraciones han de lavarse las manos o darse una ducha integral. Las chicas suben al baño mientras que Issam prepara el rito que más tarde va a dirigir. En sus oraciones piden por la salud de su familia, «como de costumbre», y por que se consiga frenar la pandemia de una vez. «Están muriendo muchas personas y el daño es tremendo a todos los niveles», reflexiona Deborah.

Tras el rezo, Issam cocina la cena: filetes de pechuga aderezados con especias árabes. A las cinco de la mañana volverán a rezar y tendrán escasos minutos comer algo más aunque el estómago acompaña muy poco. Al igual que miles de familias en España, Deborah e Issam sienten mucha incertidumbre sobre el futuro. «Es mejor no hacerse demasiadas preguntas e ir afrontando lo que vaya viniendo. Ahora pienso Dios siempre estuvo conmigo, incluso cuando yo no era musulmana», apunta.