El turismo árabe salva la temporada en Estambul

El gigantesco aeropuerto de Estambul, inoportunamente inaugurado nueve meses antes de la pandemia, fue visiblemente diseñado para otro volumen de pasajeros.

Que a Turquía le vaya mejor que a la media –la economía incluso creció el año pasado– no es consuelo. Aunque el Gobierno ha prohibido los despidos durante la epidemia, los trabajadores por cuenta propia o los precarios de la hostelería han sufrido mucho.

“Por lo menos cuatro guías se han suicidado”, explica Hakan Kaner, un agente turístico. “Ahora mismo llevo un grupo polaco por Capadocia”, dice, “y en algunos museos y ruinas solo estamos nosotros”. Pero localidades playeras como Antalya “vuelven a estar llenas de turcos, iraníes, marroquíes, tunecinos…”.

Además de rusos, ucranianos, polacos o rumanos, que se han adelantado a la recuperación todavía tímida del turismo de Europa Occidental y Norteamérica. Sobre todo desde que el presidente Putin volvió a dar luz verde a los vuelos chárter, una de sus palancas de presión más eficaces.

El verano está siendo un alivio. Y las principales bazas turcas para salvar la temporada, más que el año, son dos. Una, el turismo nacional, con muchas ganas de respirar, lejos de Estambul o Ankara, y que ha aprovechado las vacaciones ampliadas a nueve días de Bayram, que es como se llama aquí la Fiesta del Cordero. Y dos, el repunte del turismo árabe y de Oriente Próximo en general.

Estambul, el oriente más a mano para algunos, se reinventa como el occidente más a mano para otros. El marasmo en Beirut ayuda. Si Julia Roberts tuvo que viajar por tres países para Comer, rezar, amar, los turistas musulmanes saben que por lo menos dos de estas cuestiones las van a resolver a su plena satisfacción sin salir de Turquía.

A un paso de la plaza Taksim, los camareros del Karachi Darbar dicen haber notado mucho el aumento de clientes y propinas en julio, en una urbe que no destaca por la diversidad gastronómica.

Allí cerca, en la avenida Istiklal, se palpa el pulso urbano y la salud del turismo, con tanta fiabilidad como en la explanada entre Santa Sofía y la Mezquita Azul.

Sin la savia del turismo, Istiklal se secó. Aunque los últimos confinamientos tenían como objetivo específico salvar el verano. Muchos expatriados optaron incluso por cambiar de orilla del Bósforo. Ahora, en cambio, hay trasiego de “familias con niños hasta la una de la madrugada”, dice un turista.

Aunque no todos han reabierto, un hotelero de Sultanahmet confiesa que los ingresos se han multiplicado por cinco respecto a hace dos meses, con un 80% de ocupación, en vez del 30%.

El coronavirus, pues, no ha terminado de ser el tiro de gracia para el sector turístico, todavía convaleciente por los atentados de la década pesada, hasta la Nochevieja del 2017. Si antes soñaba con volver al 2013, ahora se contentaría con no andar demasiado lejos del repunte del 2019.

El año pasado fue dramático, aunque el motero Pablo Álvarez, de Rakatanga Tours, recuerda que “Turquía fue el destino que más trabajó en el Mediterráneo, por la flexibilidad con las normas covid y la depreciación de la lira”. “La pandemia ha echado al personal más cualificado”, dice Kaner “y costará recuperar al turista occidental, el que más gasta”.