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Colocada durante largo tiempo en un pedestal por una comunidad internacional que admiraba su disidencia, Aung San Suu Kyi, sufre ahora una caída. Su aura se ha empañado irremediablemente bajo el cielo rojo de sangre de Birmania.

Su complicidad con las persecuciones y las masacres perpetradas por la junta militar de su país y los monjes budistas ultranacionalistas contra los rohingya, la martirizada minoría musulmana de Myanmar, han revelado el lado oscuro de la ganadora del Premio Nobel de la Paz.

Los elogios panegíricos, elogiando la nobleza de su lucha contra la dictadura birmana, han dado lugar a las críticas mordaces por haber negado los grandes y bellos valores que algunos creyeron que simbolizaba.

Es difícil enumerar todos los títulos y menciones honoríficas que ahora se ha caído: Canadá y varias ciudades británicas, incluidas Glasgow, Edimburgo y Oxford, le han retirado su estatus de ciudadana de honor.

Amnistía Internacional acaba de sumarse a esta ola a través de una misiva indignada, fechada el 11 de noviembre y firmada por su secretario general, Kumi Naidoo. Elevada en 2009 al prestigioso rango de “Embajadora de la conciencia”, Aung San Suu Kyi acaba de ser despojada de la alta distinción que le otorgó la famosa ONG, según señala la carta.

“Esperábamos de Usted, como Embajadora de Conciencia de Amnistía Internacional, que continuara usando su autoridad moral para denunciar la injusticia allí donde ocurriera, y al menos en Myanmar”, señala Naidoo.

Y continúa: “Hoy, estamos profundamente decepcionados de que Usted ya no sea un símbolo de esperanza, valor y defensa incansable de los derechos humanos. Amnistía Internacional no puede justificar el mantenimiento de su estatus como detentadora del galardón Embajadora de Conciencia y es con gran tristeza que se lo retiramos”.